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Historia de la naranja en Carcaixent

1781. Carcaixent, cuna de la naranja

En 1781 el párroco Vicente Monzó Vidal, plantó en terrenos de la Bassa del Rei de Carcaixent, el primer campo de naranjas. Este primer cultivo de carácter experimental tuvo tanto éxito que pronto se propagó a los pueblos limítrofes de La Ribera.
El sacerdote Monzó era oriundo de Albaida, y tomó posesión del Curato de Carcaixent en 1775. Su afición a la agricultura le hizo adquirir unos terrenos en la partida de la Bassa del Rei, con el fin de dedicarlos a la explotación. Dichas tierras apenas era valoradas por sus características de secano.
No escaparon al religioso las excepcionales condiciones del naranjo tan injustamente calumniado hasta entonces. En una de sus visitas de oficio al Monasterio de las Dominicas había tenido ocasión de admirar unos naranjos que cultivaban en el huerto para extraer de ellos mantequilla de azahar. Probó sus frutos y los halló excelentes. Bien pronto juzgó que esta era la fruta del porvenir y puesto de acuerdo con otros dos entusiastas carcaixentins, el notario Carlos Maseres y el farmacéutico Jacinto Bodí, mandaron traer de Murcia en 1781 unos pies de limonero injertados de naranjo dulce. Estas personas representaban las profesiones liberales de la época. Se eligieron para el ensayo los campos de la Bassa del Rei, cerca de la antigua ermita de Santa Bárbara y comenzó el cultivo. No obstante, dichos terrenos eran de secano y no había suficiente agua y para obviar este inconveniente se perforaron pozos en cada uno de estos cultivos. Montaron las antiguas norias, según el modelo que nos legaron los árabes y se adosaron a éstas, balsas para riego y pequeñas casas de labor. Escasamente pasaron unos 10 años desde la plantación y aquellas tierras que habían sido compradas a razón de 35 pesetas por hanegada dieron ya en 1792 un beneficio de 2.500 pesetas por la venta del fruto. Muy pronto los carcaixentins, “electrizados por el ejemplo” como dijo Cavanilles, se dieron a plantar nuevos huertos, extendiéndose hacia la Muntanyeta y el Barranquet. Siguieron esta innovación Alzira y otros pueblos cercanos y tal fue el furor de plantación que ya en el siglo XIX se extendió por toda la costa del Mediterráneo. Un pregón ha sabido resumir con la frase De Carcaixent i dolces, la calidad de nuestra naranja y el saber bien trabajarla.



Los primeros inicios de comercialización y explotación del cultivo

Apenas comenzaron a producir los primeros huertos que se establecieron en la Bassa del Rei, la primera preocupación del párroco y sus compañeros, fue dar salida al fruto. Bien pronto hallaron salida, empezaron entrando en tratos con los mercaderes que con borriquillos venían a vender trigo y determinaron hacer un intercambio: ellos se quedaban con el trigo y a cambio entregarían naranjas. Tal fue el principio de nuestro comercio y no les fue de todo mal, porque en las operaciones de 1792 ya obtuvieron de la venta 2.500 pesetas. En un principio se hubo de luchar con un grave inconveniente, con la creencia de que la naranja era perjudicial, pero una vez desvanecido este error, a últimos del siglo XVIII y primeros del XIX, aumentaron considerablemente sus precios. Tan buen resultado obligó a intensificar más las nuevas plantaciones y se llegaron a hacer éstas con tal exceso, que no contando con medios rápidos para exportarla, ya que Carcaixent carecía de ferrocarriles y líneas de vapores, el fruto no pudo salir y lo que es peor, los precios sufrieron una gran caída.

Principios del S. XIX. Las primeras exportaciones y nuestro primer almacén de naranja

La primera nación que consumió nuestra naranja fue Francia, a donde se enviaron partidas de la misma a principios del siglo pasado, bien por carretera, bien por vía marítima. Los comerciantes que usaron esta última vía, se les dio el nombre de "barqueros", siendo la mayoría de ellos de origen mallorquín. Estas partidas de naranja se enviaban cuando el fruto estaba en completo sazón, y ello se hacía a granel o con espuertas de esparto, exponiéndose de tal forma a mil desgraciados accidentes. Por indicación de los franceses, se ensayó en 1826, el embalaje del fruto a base de envolver con papel de estraza la naranja y empaquetarla luego en cajas de madera. El éxito conseguido con esta innovación, hizo mejorar el precio, dando nueva vida a las decaídas plantaciones y aunque en verdad hay que decir que de momento no pudieron obtener beneficios muy remunerables por falta de comunicaciones, sin embargo, prepararon el terreno para obtenerlas así que fue inaugurada en 1853 la nueva línea de ferrocarril de Encina a Valencia y Grao. El papel con que se envolvía el fruto es el que se fabricaba en Buñol y Anna, pero sin duda no fue del agrado de los confeccionadores porque algunos años después dejó de usarse. En el año 1848, el comerciante mallorquín José Catalá Broseta, que se estableció en el antiguo cuartel, habilitó el local para la confección de envases de naranja. Comenzó a empapelar de nuevo el fruto como 22 años atrás se hacía, es decir, con papel moreno de Anna, y confeccionó los embalajes correspondientes de madera. Este fue el primer almacén que se estableció en nuestro pueblo. Algunos años más tarde, en 1859, aquel papel basto y de mala presentación, dicho comerciante lo sustituyó por otro de seda blanco que comenzó a importarse del extranjero. Hasta el año 1869, se envía fruta tan sólo a España y Francia, y como el negocio se desenvolvía tan espléndidamente, pronto intervinieron en él comerciantes franceses, mallorquines, y los de Borriana donde se habían iniciado ya grandes plantaciones.

1870. Se abre el comercio con Inglaterra

Es a partir de esta fecha cuando comenzó nuestro formidable comercio con Inglaterra. El hecho fue fortuito y ocurrió de la siguiente manera: Dos músicos franceses, los hermanos Fournier que se iban ganando la vida con un violín y una flauta por las poblaciones de la Ribera y que habían recorrido las principales naciones europeas, al llegar a Carcaixent y ver sus frondosos huertos, creyeron que había negocio a realizar si conseguían remitir una partida de nuestra naranja a las Islas Británicas, fruta que a su entender, debía de ser muy del agrado de los ingleses. De vuelta de su excursión por la Ribera, se presentaron un día en el despacho del señor Sagrista y Coll, consignatario de la línea de vapores de Barcelona-Liverpool, y que llegaba a todos los puertos del Mediterráneo y el Atlántico. La intención de estos músicos, era la de que se anticipasen fondos para establecer el comercio de la naranja con los mercados ingleses. No fue del agrado de éste señor la propuesta, pero el señor Aguirre y Matial, agente de la casa en nuestro puerto de Valencia, intervino en la conversación, afirmando a su principal que no le parecía tan descabellada la idea de los músicos franceses, y que veía un negocio con gran provenir. De ésta manera, se les dio el dinero suficiente para comprar y embalar en cajas de madera las naranjas necesarias de Carcaixent. El primer envío constó de un total de 50 cajas a modo de prueba. Aquel ensayo tuvo un éxito superior a todo cálculo, pues con las ganancias, los músicos franceses pudieron continuar con el negocio por su cuenta, hasta el extremo de montar casas fruteras de grandísima importancia y no menos crédito.



La influencia en el desarrollo económico local


Una vez implantado el naranjo como cultivo predominante y su comercialización a gran escala, se produjo un espectacular desarrollo local a todos los niveles. El ferrocarril de la línea Valencia a Xátiva llegó a la población en el año 1854. Un poco más tarde, en el 1864, comenzó a funcionar el tranvía de Carcaixent-Gandía-Denia. El transporte ferroviario supuso un gran avance y propició la comercialización masiva del producto. En efecto, varios trenes diarios salían del término cargados de naranjas en plena temporada. Se ocupaban en las labores de recolección y confección más de 10.000 operarios, de manera que hubo necesidad de acoger a numerosos forasteros, que quedaron asentados en el municipio, por lo que cada año fue aumentado considerablemente nuestro censo de población. Es cierto que antes de la dedicación al naranjo nuestra ciudad ya era una población rica, pues su abundante cosecha de seda le proporcionaba medios más que suficientes para atender a obras de importancia, así como realizar empresas de mayor envergadura. Ahí están los suntuosos edificios públicos y las antiguas mansiones particulares que confirman este hecho. Sin embargo, la seda no requería cuantiosas manipulaciones y los moradores de cada una de las casas eran suficientes para atender a su desarrollo por lo que la población aumentaba moderadamente.



En cambio, con las plantaciones de naranjos se produjo un gran aumento de población. En cada uno de los huertos se levantó una casa, y por la necesidad de reclutar gente para el nuevo cultivo, pronto comenzaron a levantar casas y barracas los forasteros junto a los huertos y alrededor de la antigua ermita de Santa Bárbara. De ésta manera surgió el barrio con este nombre. Al extenderse los cultivos hasta Vilella hubo necesidad de levantar otro barrio, el de la Muntanyeta, que se conformó a los lados de la reciente vía férrea del tranvía Carcaixent-Gandía. Un tercer núcleo, el de las Barracas de San Antonio ya existía antes, aunque habitado sólo por 5 o 6 barracas de leñadores que se ganaban la vida recogiendo piñas y haciendo leña baja del monte comunal del Realengo para venderla. Sin embargo, cuando los cultivos se fueron extendiendo por esta zona las Barracas se poblaron muy pronto siguiendo el sistema de edificación que le da nombre. Con el establecimiento definitivo del embalaje del fruto en 1848, hubo necesidad de instalar nuevas industrias, en efecto muy pronto se estableció la primera serrería para la confección de envases. Al implantarse la primera máquina de vapor para sacar agua en 1876, bien pronto se sintió la necesidad de montar un taller de reparaciones, por lo que surgió otro tipo más de actividad industrial en el municipio. También se instalaron varios talleres para imprimir el papel que sirve de envoltura a la naranja. Fruto de toda esta dinámica, Carcaixent alcanzó su máximo nivel de desarrollo a principios del siglo XX. Tanto es así, que en 1916 logró alcanzar la categoría de ciudad en reconocimiento de su prosperidad.

Situación actual de la naranja

La naranja se convirtió en el eje de la economía local y produjo una situación agraria de monocultivo, con todas las consecuencias que ello comporta, que ha perdurado hasta la actualidad.

Carcaixent llegó a tener más de 100 almacenes, que han ido desapareciendo poco a poco, debido a la internacionalización de la economía y a los cambios coyunturales y económicos a los que se ha sometido los productos agrarios y citrícolas principalmente.

A partir de los años sesenta, se produjo una importante crisis en el sector citrícola. Este modelo agrario basado en el monocultivo de la naranja entra en un período de recesión. Ahora, podemos decir que, aunque continúa teniendo un peso importante en la economía local, esta agricultura se encuentra en una fase de transformación. La economía tiende a una mayor diversificación, con un incremento del peso del sector servicios.

LA NARANJA Y EL PATRIMONIO

Aunque la economía cambia y se transforma, esta forma de vida ha dejado sus huellas materiales en el paisaje agrícola y también en el urbano.
La geografía agraria de Carcaixent quedó totalmente transformada y convertida en un inmenso naranjal al prosperar por doquier productivas plantaciones de cítricos. Este entorno ribereño idílico está salpicado de edificaciones de diversos tamaños: son las casas de huerto. En efecto, en cada una de las plantaciones o huertos se levantó una casa para albergar a las personas que cuidaban los campos y que vivían allí permanentemente: los hortelanos; también podía haber otras instalaciones agrícolas como norias o motores, balsas de riego, etc. Además de estas edificaciones rurales, en algunos casos los propietarios mandaron construir “su” vivienda; ésta se diferenciaba de la de los trabajadores por el lujo y la calidad constructiva ya que sus dueños proyectaban en ellas sus gustos arquitectónicos. Se conservan muchos de estos huertos señoriales, auténticas mansiones, que causan admiración por sus atractivos diseños y decoraciones. Simplemente la denominación popular de algunos de ellos nos puede dar idea de la variedad de formas y tendencias, como la “Casa China”, “el Palauet”, “de la Ermita” o “el Castillo”. En nuestro recorrido visitaremos algunos de ellos. Hay un total de 47 casas de huerto catalogadas en el Catálogo del Patrimonio Monumental y Arquitectónico del PGOU de Carcaixent de 1998. En el casco urbano, todo este esplendor económico se tradujo en una arquitectura modernista muy peculiar que afortunadamente se ha conservado en gran parte hasta la actualidad. Carcaixent se ha caracterizado siempre por un gran respeto por el patrimonio arquitectónico. Además de los numerosos edificios modernistas que veremos en la ruta correspondiente, hemos dejado para esta ocasión el Magatzem de Ribera por su relación con la cultura de la naranja.

Bibliografía:
Historia de Carcagente, Francisco Fogué Juan
Archivo Municipal , Muy Ilustre Ayuntamiento de Carcaixent